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Reflexiones de Ettore Messina sobre el liderazgo, el éxito, el trabajo en equipo…

Reflexiones de Ettore Messina sobre el liderazgo, el éxito, el trabajo en equipo…

Ettore Messina (Catania, Italia, 1959) acostumbra a repetir a sus jugadores una consigna bastante ilustrativa de su modus operandi: “dadme un error nuevo”. Según sus propias palabras, “el error mental es cuando repites siempre la misma tontería por falta de actitud, por falta de atención, porque eres superficial”. Eso es algo que confiesa “no poder aceptar”, ya que significa, seguramente, estancamiento, dejar de progresar y mejorar.

Desde que comenzara su andadura en los banquillos entrenando al equipo de su hermano pequeño (Ettore tan sólo tenía diecisiete años y su hermano catorce), la filosofía y el método que ha seguido consiste en lo que los estadounidenses llaman el “trial and error” Pruebas, fallas, aprendes. Él lo tiene muy claro: “He conseguido ser entrenador por los errores que pagaron los jugadores que tuve en mi vida anterior”.

Por lo tanto, a pesar de que Ettore Messina no necesita presentación alguna y que esas dos máximas pueden servirnos para articular prácticamente todo el discurso que a continuación desglosamos, sí resulta conveniente lanzar una advertencia: a lo largo de toda su charla para el proyecto ‘Aprendemos Juntos’, impulsado por el BBVA y El País, no se encontrarán apenas detalles ni instrucciones técnico-tácticas. Lo mejor es sentarse, leer, disfrutar y reflexionar.

Todos necesitamos una oportunidad

Ettore comenzó explicando brevemente cómo el traslado de su familia desde Catania hasta Venecia (donde su padre, abogado, pudo desarrollarse profesionalmente) tuvo mucho que ver en lo que a su primer contacto con el baloncesto se refiere. Allí todo el mundo practicaba baloncesto en las canchas exteriores de las iglesias, ya que el vínculo de la sociedad con la religión católica era muy fuerte en aquella época.

Su admirado profesor de Educación Física, Tonino Zorzi, fue a la vez su entrenador en las categorías inferiores de la Reyer de Venecia. Pero sería el entrenador Renato Vianello quien dejaría una profunda huella en aquel joven Messina que ya comenzaba a compatibilizar su rol como jugador con el de entrenador de minibasket, ayudando precisamente a Vianello. Después, con diecisiete años, Ettore empezó a entrenar al equipo de su hermano pequeño, quien, por aquel entonces y como mencionábamos al principio, tenía catorce años.

Quince años después, en 1992, Ettore Messina y su profesor Tonino Zorzi son los dos entrenadores ayudantes de Sandro Gamba en la selección italiana durante el preolímpico para ir a las Olimpiadas de Barcelona. En aquel momento, Ettore ya pudo extraer su primera gran lección: “En la vida, sin importar que seamos capaces o no, tengamos talento o no, si nos preparamos bien y mucho, necesitamos que alguien nos dé una oportunidad porque, sin la oportunidad, podemos ser los mejores del mundo o los más preparados, pero lo tiramos todo por la ventana”.

Ettore es una persona honesta y reconoce que ha tenido “mucha suerte” porque le ofrecieron oportunidades que él mismo, según confiesa, “no habría ofrecido a Ettore Messina si hubiera estado en el lugar de quien le ofreció estas oportunidades”. Pero se trata precisamente de eso: “Yo creo que la responsabilidad de los que han tenido éxito en su vida profesional es desarrollar una capacidad de ver el talento y, sobre todo, tener el corazón de ofrecer oportunidades, de no olvidarse de que has recibido esa oportunidad y devolvérsela a alguien más que vendrá después”.

El baloncesto como vehículo de aprendizaje

Para ser buen entrenador o buen profesor, ante todo tienes que tener muy claro qué quieres enseñar. Ettore señala que, mientras décadas atrás la visión que cualquier jugador joven de baloncesto podía tener es la que le enseñaban sus entrenadores y personas muy cercanas, ahora, con la explosión de Internet, tenemos millones de vídeos, clinics y, en definitiva, muchísima información e infinitas posibilidades de aprender.

Esa sobrecarga informativa, la sobreinformación, puede acabar convirtiéndose en confusión. “De todo lo que es mi conocimiento, por utilizar una palabra grande, [tengo que tener claro] qué partes puedo intentar enseñar”, dice Ettore. “Porque si quiero darles todo, no conseguiré nada, sólo confusión”, añade.

En el segundo nivel estaría la progresión didáctica: “Yo creo que tengo que poner al individuo, al jugador individual, y al equipo, siempre enfrente de un escalón. Ese escalón debe ser tan desafiante para el jugador como para empujarle a hacer las cosas bien, incluso mejor. Pero debe ser lo suficientemente alto como para que ellos puedan superarlo”. Esa es, para el italiano, la clave de la profesión y del método didáctico: tener la capacidad de entender qué nivel de escalón debemos poner.

Tercer punto: todos enseñamos y aprendemos a través del error. El “trial and error” que mencionábamos más arriba. No obstante, tenemos que lograr desarrollar lo que él llama “una relación sana con el error”; que el jugador no lo entienda como algo negativo, sino como parte del proceso de aprendizaje.

Al final, Messina establece por primera vez una comparación a la que recurrirá más adelante: El baloncesto es como la música. “Se enseña todo, luego partes y luego todo”. No es como las matemáticas, ya que “tú puedes aprender matemáticas empezando dos más dos y no tener ni idea de qué vas a hacer al final después de cinco años de matemáticas. Las ecuaciones, los problemas complicados que vamos a solucionar… En eso no influye cómo aprendemos dos más dos o dos por tres al principio. En el baloncesto, cuando empiezas a jugar al baloncesto, a pesar de que tienes diez años, tienes una idea de lo que es el caos y tienes una idea de lo que es jugar bien”.

Al principio, tenemos que ofrecer a los jugadores “una idea de toda la pintura, y luego lo dividimos: uno contra uno, dos contra dos, tres contra tres, cuatro contra cuatro. Luego lo juntamos otra vez. Ese es el proceso correcto”. Ettore cree firmemente que “si empezamos sólo «parte, parte, parte», los jugadores se aburren y no se apasionan por el juego”. Pero, de igual modo, tampoco puede ser “tirar la pelota y jugar cinco contra cinco”.

Compatibilizar el deporte individual con el colectivo

Ettore Messina explica que él empezó jugando al baloncesto y, como todos los niños, al fútbol en la calle. Y que no aprendió a practicar tenis hasta que no cumplió los treinta. Sin embargo, considera muy importante que los niños y los jugadores jóvenes puedan compatibilizar la práctica de un deporte individual con uno colectivo. ¿La razón? Que en el deporte individual aprenden a mirarse en el espejo y a asumir la responsabilidad de lo que ha pasado en la pista. “Empiezan a entender cuál es el concepto de responsabilidad individual y, quizá, si tienen un poco de fuerza interior, el concepto de autoexigencia”: «Hoy juego contra Luis al tenis o lo que sea y me gana siempre. Tengo que hacerlo mejor. No puedo culpar a un entrenador, no puedo culpar a un compañero. No. Es que tengo que hacerlo mejor».

En un equipo, a cambio, se aprenden ese tipo de valores que todos conocemos respecto a formar parte de un grupo, un colectivo. A mayores, curiosamente, Messina asegura que para él es muy importante que los jugadores aprendan a “ser egoístas en el sentido positivo de la palabra”. Cumplir con la responsabilidad de, por ejemplo, anotar una canasta si me encuentro en una buena posición porque el equipo ha movido bien la pelota. Identificar cuándo ser altruista (dar un pase más a un compañero liberado) y cuándo tomar una responsabilidad.

La comunicación con el deportista en el siglo XXI

Ettore Messina se ha visto obligado a convivir con todos los cambios y avances tecnológicos que, de un modo u otro, han afectado a nuestro modo de vida, a nuestra forma de comunicarnos y, por supuesto, al baloncesto. Messina cree que, hoy en día, los niños y jugadores “crecen sin hablar”. “Todo es mensaje, es emoticono. Incluso en el colegio. Mi hijo va al colegio americano. No sé cómo es aquí en España, pero en el colegio americano todo es a través de quiz y test”, añade.

En la actualidad, prácticamente toda nuestra comunicación es escrita, desde las conversaciones entre personas (WhatsApp, Instagram, Facebook, Twitter…) hasta las evaluaciones en los colegios, institutos y universidades. ¿Cómo podemos pedir a nuestros jugadores que “hablen” y se “comuniquen” en la cancha pasando por alto esta realidad diaria? “Yo creo que hablar es algo que tenemos que apoyar, […] forzar el concepto de la comunicación”, sostiene el italiano. Potenciar la comunicación oral y verbal es esencial.

Los buenos líderes

Kobe Bryant, Pau Gasol, Tim Duncan o Manu Ginóbili son sólo algunos de los colosales nombres que Ettore Messina ha entrenado durante su etapa en la NBA (obviando toda su trayectoria en Europa). Para él, existen líderes “por miedo”, esos que suben muchísimo el nivel de presión que ponen en sus compañeros para que jueguen al límite de sus habilidades. Ese tipo de liderazgo no es válido a largo plazo porque acaba “quemando a las personas”.

En el polo opuesto de todo eso se situaría, según Ettore Messina, Tim Duncan. Para que lo entendamos, nos cuenta lo que le ocurrió durante su primera temporada en los San Antonio Spurs, cuando Gregg Popovich tuvo que ausentarse diez días debido a una pequeña operación y el italiano dirigió dos partidos:

Mi primer partido, en la media parte, estamos arriba en el marcador, pero me doy cuenta que entrenar para un partido con 48 minutos de juego es muy distinto que con 40 minutos, sobre todo en el tema de las rotaciones de los jugadores. Y me di cuenta de que había tenido a alguien demasiados minutos en la pista y alguien muy pocos minutos en la pista, comparado con lo que era habitual. En la media parte de los partidos de la NBA, les enseñas unos cortes de lo que pasó en el primer tiempo, los analizas, todo muy profesional. Hacemos esto, estamos a punto de volver a la cancha y siento que debo decir algo. Digo: «Mirad, chicos…». Ninguno había dicho nada o tenido una mala cara, porque los Spurs son como los Boy Scouts de América. Sí, son todos muy buenos, muy serios, muy buenas personas. Con Pop no se atreven. Ninguno.

Entonces, pensaba que era mi deber decirles lo que sentía, y lo que sentía era: «He dejado a algunos demasiados minutos en la pista, alguien esperaba jugar más. Ahora lo voy a arreglar, me estoy adaptando a los 48 minutos y a las rotaciones. No os preocupéis por nada, vamos a jugar». Salgo del vestuario, estoy a punto de entrar a la pista, y siento algo como un pulpo, que me coge aquí. Me doy la vuelta y es Tim Duncan. Tim Duncan y me dice: «No te preocupes, sigue haciendo lo que estás haciendo bien y si alguien tiene un problema lo arreglamos yo y Manu».

Para Ettore eso significó que Tim Duncan, a pesar de preocuparse de sí mismo (era un jugador importante y tenía que pensar cómo hacerlo bien) y de sus compañeros, “tuvo un momento para preocuparse de este novato entrenador que venía desde a saber dónde, un sitio que él no sabía dónde estaba, y ayudarle a sentirse un poco más a gusto en lo que estaba haciendo”.

En cuanto a Manu Ginóbili, el argentino lidera no sólo con el ejemplo, sino con el entusiasmo, “en el sentido de que tiene una actitud positiva independientemente de todo lo que esté ocurriendo”. En palabras de Ettore, incluso cuando “él se enfadaba consigo mismo por un error o con un compañero porque no es perfecto” siempre lo hacía con una increíble actitud positiva, pues siempre acababa su enfado con ánimos y palabras de aliento.

El éxito

Ettore Messina es un entrenador que ha tenido “la suerte” de entrenar equipos de primera línea y ganar un buen número de títulos (entre otros, por ejemplo, cuatro Euroligas). Pero, para él, lo más importante es cuando “te das cuenta de que el equipo está jugando unido, que están haciendo las cosas juntos”. Curiosamente, Messina reniega totalmente de esa comparación que se suele hacer entre los buenos equipos y las orquestas. Y la razón que da es muy sencilla, ilustrativa y brillante:

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Primero: en la orquesta, el plan lo ha escrito alguien hace trescientos años. Segundo: cada uno sabe perfectamente cuándo tiene que tocar su instrumento y cuándo tiene que parar. Tercero: el que da el ritmo de cómo debe sonar es el entrenador. En el deporte es todo lo contrario: el entrenador no tiene este papel. Los jugadores tienen que parecerse más a lo que en el jazz es la jam session, cuando cuatro personas se juntan de repente, empiezan a tocar y se autodisciplinan a un nivel que: «Ahora yo paro para que tú puedas sonar, y cuando tú estás parando, pum, yo entro» y con una base que no está escrita por ninguno. Tampoco está escrita, la vamos casi a inventar en el momento.

Por otro lado, Ettore asegura que el mejor entrenador de la historia en el baloncesto europeo no es otro que Željko Obradović, quien considera que el éxito es conseguir que tus jugadores crean en ti. Messina, bromeando, se sitúa un peldaño por debajo y cree haber conseguido el éxito si le escuchan. “Y conseguir que la gente te escuche, te preste atención, te respete, yo creo que es un gran éxito. Y luego, al final, una parte del éxito es que las personas con quien tú has jugado se acuerden de ti como persona”.

Gregg Popovich, fuente de inspiración y modelo a seguir

Ettore Messina destaca tres cosas de Popovich que le han inspirado y que lo convierten en un modelo a seguir. Primero está su capacidad de síntesis, tanto en los planes de entrenamiento (escasos y de corta duración en su mayoría) como en la dirección de partido, ya que Gregg “piensa que la atención de los jugadores es un recurso limitado y no puede gastarlo en demasiadas cosas inútiles”. Su objetivo es alcanzar un nivel de atención importante sobre los detalles.

El segundo aspecto que destaca de Popovich es que tiene una memoria cortísima del enfado. “Él puede enfadarse con un jugador, incluso Tim Duncan, y decirle las cosas más bestias que le pueden salir por la boca y diez segundos después, quince segundos, es capaz, sinceramente, de decirle algo constructivo, de sacarlo otra vez a la pista, de, incluso en momentos de gran tensión, hacer una pequeña broma. Y al jugador se le va el enfado, a él se le va el enfado, el jugador entiende que el enfado fue momentáneo y que la verdad es que este entrenador le quiere, le respeta, le cuida”.

Por último, Gregg “tiene una capacidad empática o una inteligencia emocional, como se suele decir, de grandísimo nivel. Él siempre tiene muy claro cómo se encuentra el jugador, cómo él se puede relacionar con el jugador y cómo puede ayudarle el jugador a poner todo en la correcta perspectiva. Que esto es sólo un juego”. A este respecto, Messina destaca dos puntos que Popovich siempre tiene presentes:

Esto que hacemos es sólo baloncesto, que nos permite pagar nuestras cuentas. Esto no marca cómo somos como personas. […] Lo que vale es vuestra familia, vuestra mujer, vuestros hijos… No son los títulos.

La victoria y la derrota son irrelevantes.Lo que marca la diferencia es cómo nosotros vivimos cada día, en la cancha, seguro, pero también en el vestuario, en los viajes, cómo nos portamos, cómo nos relacionamos.

Cada gesto técnico tiene un valor psicológico

Además de Gregg Popovich, Ettore Messina también destaca los nombres de otros entrenadores que han influido en su manera de pensar y entender el baloncesto: Aleksandar Nikolić (padre del baloncesto moderno europeo y yugoslavo) por su humildad, Sandro Gamba (su entrenador jefe en Bolonia y en la selección) por su rigor profesional y la autoexigencia de estar siempre preparado en su relación con el jugador, Alberto Bucci (entrenador jefe de la Virtus) por su entusiasmo y su actitud positiva, y, por último, Dan Peterson. El coach estadounidense “fue el primero en Italia que enseñó que cada instrucción técnica tiene siempre un valor psicológico”. Pasar el balón a un determinado compañero tiene una conexión a nivel de la relación entre esos dos jugadores, por poner un ejemplo.

Lo más valioso siempre son las relaciones humanas

La reflexión final de una charla tan constructiva, fértil y provechosa tenía que estar a la altura de las circunstancias. No en vano, Ettore cree que, por encima de todos los éxitos y títulos, quedan siempre las relaciones humanas con personas de diferente procedencia, condición y personalidad. Para resumir todo lo que eso significa para él, Messina recuerda una frase que leyó hace muchos años atribuida a Erasmo de Róterdam: “Una correcta relación entre profesor y discípulo es el amor que el profesor debe tener por el discípulo”.

Ettore asegura que siempre sufría por no sentirse a la altura de dicho concepto, pero decidió acabar su intervención con una preciosa reflexión con la que cualquier entrenador debería identificarse: “Ellos, nuestros jugadores, son nuestro futuro, son los que nos necesitan. Posiblemente a corto plazo no se den cuenta de que hemos intentado ayudarles y que les hemos trasmitido conceptos o ideas. Pero, al final, quizá cuando se hagan mayores, se van a acordar de nosotros y eso es el éxito más grande que podemos conseguir”.